EN CRISTO SÍ CONFIARÉ
Desconfiar de mí mismo vaya que sí puedo, pues sé que en mi ser tengo el pecado morando en mí, que me hace ofender al Señor que me dio la vida eterna.
Desconfiar de las cosas del mundo es algo inevitable para mí, pues ¿Qué ofrece el mundo (me refiero a todo lo que es del mundo que ignora la voluntad de Dios)? Placeres, peleas, habladurías, envidias, celos, egoísmo... etcétera, etcétera. Reconozco que no desprecio al mundo y menos a sus habitantes, ya que el universo entero fue creado por Dios; sin embargo, el mundo engañado por las seductoras ofertas de satanás, prefirió darle la espalda al Creador y seguir al inventor del mal. Si esto no fuese así, hubiese estado de más la venida del Verbo hecho hombre para mostrarnos el único Camino para llegar confiadamente al Padre.
Pero por cierto, ante tal incapacidad de mí mismo para lograr el bien y ante la incapacidad del mundo para generar por sí mismo el bien a la humanidad, confío plenamente en el amor de Cristo, en Su maravilloso poder y en Su infinita bondad.
En Él he puesto mi fe, mi esperanza y no es una mera pasión que tiene vendados los ojos de mi entendimiento, ya que el amor de Cristo nos mueve a un mejor conocimiento de Su Ser y gloria a través de Su Palabra.
El Espíritu Santo así, se manifiesta en el creyente, perfecciona en nosotros la imagen de Cristo, con la cual el Padre se agrada. Si el Padre nos viera a nosotros no vería el bien, pero como Él nos ve en Cristo es el motivo por el cual Dios Padre nos halla justos y hermosos ante Sus ojos.
Por ello si damos buenos frutos provenientes de la buena fe que Dios nos dio, la gloria sea para Quien nos hizo nuevas criaturas en Cristo, ya que el ánimo para generar buenas acciones proviene de la guía infalible del Espíritu Santo.
¿Tenemos algún mérito de nuestra bondad? No, antes prefiero desconfiar de mí para darle toda acción de gracias a Cristo por lo que Él hizo por mí y lo que ha hecho en mí.